OPINIÓN

Pongamos que tienes trabajo y disfrutas de una etapa de éxito, doblemente afortunado. Por tus logros profesionales acudes a una fiesta con invitados apasionantes: científicos, artistas, investigadores, escritores… ¡Incluso gente que ha descubierto cosas! Llegas al sarao y empiezas a sentir que en cualquier momento alguien se va a dar cuenta de que tú ahí no pintas nada. Empiezas a charlar con otro invitado. Os hace gracia que sois tocayos y, hablando un poco de todo, te suelta: “Miro a toda esta gente y pienso, ¿qué diablos hago yo aquí? Esta gente ha hecho cosas extraordinarias. Yo solo fui donde me mandaron”.

El escritor Neil Gaiman ha rescatado en un post esta anécdota del día que conoció al astronauta Neil Armstrong. Contestaba así a un fan que le preguntaba si alguna vez había sentido el llamado Síndrome del impostor, la sensación de achacar un reconocimiento personal a la suerte y no a méritos propios. El miedo a que los demás confirmen tu sospecha de que no estás a la altura.

Puede sonar a falta de autoestima adolescente o a exceso de timidez, pero es algo frecuente entre adultos. A muchas mujeres nos pasa en entornos laborales masculinos, en parte por los estereotipos de género que aún arrastramos. Gaiman añade que se quedó más tranquilo porque si esto le pasaba al primer humano en pisar la Luna es normal que nos ocurra a todos. O a muchos. Como Martín Scorsese, que también se ha sentido impostor. No hace falta acumular el vértigo de un puñado de Oscar o de libros de éxito. La inseguridad es algo muy humano.

LUCÍA GONZÁLEZ, EL PAÍS
24 de mayo de 2017


POSH

A las 22.30 del lunes se produjo una explosión en Manchester durante la celebración de un concierto. Unos minutos después, varios asistentes publicaron vídeos y tuits sobre lo que había ocurrido. Eso no significaba que todo el mundo tuviese la misma información al instante, sino que todo el mundo pasó a desconocer lo mismo que desconocían ellos. La diferencia entre los emisores de la información y sus receptores es que los primeros bastante tenían encima, y los segundos no tenían suficiente.

Así, en Manchester, como en Londres y como en París, la demanda urgente de información se cubrió con especulaciones, disparates, rumores y opiniones contundentes hasta formar una realidad paralela: hechos alternativos, o sea, la vieja mentira. Sucede porque los hechos no aspiran a nada, pues no admiten interpretaciones, y las opiniones aspiran a que los hechos encajen en ellas. La distancia que hay entre una noticia (explosión) a otra (naturaleza de la explosión) es territorio fértil: pueden rellenarse las casillas a gusto. Atentado, autor, raza, religión, sexo, altura del muro a construir, responsabilidad de los Gobiernos. Si es una bomba, quién nos conviene que sea: a quién hay que convencer para que la haya puesto. No esperes a saber qué pasó; haz tú mismo que pase.

Sucede todo tan rápido que las interpretaciones adelantan a las noticias: antes del qué llega el porqué. A veces se producen situaciones cómicas si el suceso ocurre cuando hay tertulia en directo. “Se acaba de caer un avión en Ucrania”. “Lo condeno absolutamente”. “¿Qué pudo pasar?”. “Pues con los datos que manejo…” (el tertuliano mira el móvil, esperando que le llegue un whatsapp extraviado del jefe de los servicios de espionaje ucranios, pero solo hay un “papi te estamos viendo”, de su hijo pequeño).

En la mayoría de ocasiones, sin embargo, el mismo lenguaje que disfraza la mentira como hecho alternativo se aplica a sus autores, de moda como alt-right o políticamente incorrectos dependiendo de la minoría del mes; una licencia lingüística para que el fascismo actúe bajo otra etiqueta, como cuando Marine Le Pen quiso cambiar el nombre del Frente Nacional para ponerle Norit. Lo importante es expresarse libremente, dicen revisando pasaportes.

La acción se produce en el espacio que hay entre dos hechos; a donde no ha llegado la segunda noticia ya está el prejuicio y la arenga, así que cuando llega no solo está todo vendido, sino que se presenta travestida para que parezca la confirmación científica de un sesgo. En caso contrario se anunciará una conspiración; si el terrorista defrauda, los más aturdidos levantarán los ataúdes para comprobar si hay muertos.

MANUEL JABOIS, EL PAÍS

24 de mayo de 2017


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